Enseñar a mirar sin ver

El 16 de mayo se celebra en todo el mundo el día internacional de la luz, un acto que quizá sin tener la repercusión mediática de otras jornadas similares, tiene una enorme relevancia para una escuela como la nuestra debido a todo lo que le debemos a este fenómeno físico.

La energía lumínica, luz a secas para los seres humanos, es origen y parte de la vida tal como la conocemos. Nuestra evolución como especie adopta esta energía electromagnética, emitida en grandes cantidades por el sol, como energía fuente de lo que llamaremos visión. Nuestro cuerpo y cerebro se adapta a lo largo de miles y miles de años, para ser capaces como especie de poder usarla a través de los ojos y poder así orientarnos y diferenciar los elementos que hay en nuestro entorno. Es también en ese ámbito donde aparece lo que los humanos conocemos como color, pero que en realidad no existe como tal y es una mera interpretación cerebral de una determinada energía percibida por nuestros ojos. No obstante, esa es otra historia y hoy estamos aquí para reivindicar la importancia de la luz.

Más allá del fenómeno puramente fisiológico de la visión, la luz tiene también una enorme relevancia en nuestra civilización. Los mitos y leyendas transmitidos alrededor de la luz de una hoguera hace miles de años, el fenómeno de la cámara oscura descubierto en la antigua China por el filósofo Mozi o el famoso mito de la caverna de Platón, tantas veces explicado y representado, no hubieran sido posibles sin la presencia de la luz. Una luz que ya desde la antigüedad ha formado parte de nuestras esencias más profundas y que entre otras muchas cosas, quizá más importantes, siempre hemos utilizado para algo que a los humanos nos encanta…transmitir y contar historias. Nuestra escuela se define a menudo como eso, un lugar donde aprender a contar historias, desde muchos ángulos y perspectivas distintas, divididas en especialidades, pero todas ellas al servicio de lo más importante y esencial, una buena historia. Y del mismo modo que hacían nuestros antepasados o el mismísimo Platón, seguimos necesitando de la luz para hacer eso posible.

Una luz que es emitida por focos y que impacta en los decorados y atrezzo que piensan y diseñan futuros directores artísticos, que baña a actores y a actrices que son a su vez dirigidos por un director y que son registrados gracias a la luz que atraviesa un objetivo que proyecta una imagen sobre una superficie llamada película. Y sí, he dicho película y no sensor…Es cierto que hace años que la revolución digital llegó también al cine y a la manera en que hacemos películas, pero somos escuela y nuestra función como tal es formar cineastas. Cineastas con una visión única y singular que solo puede conseguirse desde un método único, un método en que por el hecho de rodar en fotoquímico se les impedirá ver el resultado final durante el proceso de filmación, logrando así el objetivo formativo. En ESCAC nos gusta decir (¡menuda soberbia la nuestra!) que enseñamos a los alumnos a mirar, a entender la luz, a imaginar la imagen previamente en nuestra cabeza y a confiar en nuestro instinto y aprendizaje previo para conseguir que esa imagen previa se haga realidad una vez la película se revele. Así, sucede constantemente una paradoja, en lugar de utilizar cámaras digitales que permiten ver al instante imágenes en alta definición, obligamos al alumno a mirar sin ver (¡ahí la paradoja!) utilizando una película fotoquímica, que, de forma casi mágica, captura la luz de la escena pero que no será posible ver hasta después de otro proceso, igual de mágico si cabe, llamado revelado. Y es que de esta forma conseguimos nuestro objetivo, el alumno mira directamente el decorado, mira a los actores, a los objetos y finalmente a la luz que baña toda la escena, no a la representación que una cámara digital hace de ello. Es así, desde la visión “directa” y real de esa escena, no la generada y indirecta del monitor, que conseguimos que el alumno previsualice la imagen fílmica, siendo así capaz de trabajar al margen de cámaras y tecnologías y adquiriendo el verdadero aprendizaje.

Así pues, gracias, gracias a esta luz que nos rodea y que nos proporciona innumerables momentos, gracias por crear atmósferas lumínicas cargadas de sentimientos, de amor, de miedo, de angustia, de felicidad o de calidez…gracias por existir y permitirnos que la usemos para recrear en nuestras historias esos maravillosos momentos y lugares transportando al espectador, igual que sucedía alrededor de las hogueras hace miles de años, a un espacio mágico de entretenimiento y ensoñación al que llamamos películas.

Jordi Bransuela, Coordinador de Fotografía y director del Máster en Dirección de Fotografía.

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